Pronto comenzará el curso escolar ( competición por equipos), y todavía no he comprado el cabal, el plumier ni el babi.
Este año como obsequio a mi gran contribución al arte escenístico del ajedrez me voy con los “cagones”.
En mi pueblo en los años buffffffff, a los muchachos chiquininos de los cursos más bajos se les llamaba cagones.
Yo fui un cagón, afortunadamente.
Ajedrez y Literatura
Crónicas del pardillo: EL CAGÓN
El Peón LOLA!
Una de nuestras alumnas de la Escuela Municipal de Ajedrez, Elena Borrego, nos ha mandado una redacción de temática de ajedrez, sobre la vida de un peón en el campo de batalla. Gracias Elena! Mucha intriga y emoción en el desarrollo de la "novela".
Crónicas del Pardillo: Lord Water
CRÓNICAS DEL PARDILLO (2ª Entrega)
LORD WATER
Está claro y comprobado que el mejor sitio para estudiar algo de ajedrez es en el cuarto de baño. Lo primero, buscar un libro con buenos diagramas; lo segundo, que el libro no sea muy grueso; lo tercero, colocarse y colocarse bien.
Ya estamos puestos en el sitio. Sin prisas.
Se trata de resolver un problema de mate en dos jugadas, problema nº 11 del libro de René Mayer, “problemas para gentes sin problemas”, en principio presa fácil para los que se nos llena la boca delante de los “principiantes” diciendo que somos los mejores del mundo. Dentro de cada jugador, está claro, hay un Campeón del Mundo.
Fabricio a través de la Computadora
Por Guillermo Cano Moreno
Como si los hubiera invocado, de pronto Fabricio, como en el célebre cuento de Alicia a Través del Espejo, se encontró en un recinto que parecía de otra época y en otro continente. Tenía ante sí a Philidor que daba una exhibición de simultáneas a ciegas contra tres ajedrecistas.
El escenario: Cintilantes candiles, fuertes columnas y muchas mesas con ajedrecistas como espectadores. Tipos portando moños y trajes de etiqueta; bombines en lo alto de los percheros. Bigotes arriscados, melenas y el perfumillo de la mezcla del aroma de café con las espirales de humo de puros y tabaco.
Las crónicas del Pardillo: La dama negra
Julio 2008. Playa. Lejos, muy lejos. O más lejos todavía.
El agua estaba fría, pero fría del copón. Sólo meter los pies en aquel charco, el mar, ya te producía un dolor inmenso. ¡Qué leches, una tiritona de aúpa! Y le dije a mi mujer: para venir aquí y no poderme guarrear un poco en el charco, mejor me hubiera quedado en Cáceres jugando al ajedrez, yendo a desayunar con los amigos, paseando por la ronda norte y maquinando alguna de las mías o pensar en escribir algún cuento.
Allí “tirao” en la arena, “achicharrao” de calor, todo el cuerpo blanco, con dos kilos y medio de crema en todo el cuerpo y con la gorra de Caja de Extremadura, tapándome los cuatro pelos. ¡Qué bonito!, ¡ah! y cuando el agua daba permiso me metía en el charco con gorra incluida y dando silbos y más silbos a mis hijas que no sabía dónde estaban.
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